Hace unos días, preparando información sobre el entrenamiento olfativo, llegué a un tema que me pareció especialmente interesante y que creo que merece que hablemos de él con calma:
la relación entre la pérdida de olfato y el deterioro cognitivo.
Sabemos desde hace años que determinadas enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer, el Parkinson o la demencia con cuerpos de Lewy, pueden acompañarse de alteraciones importantes del olfato.
Pero aquí hay que hacer una aclaración desde el principio porque, de lo contrario, podemos generar una alarma completamente innecesaria:
Perder el olfato NO significa que una persona esté desarrollando Alzheimer, Parkinson o una demencia.
Una anosmia puede aparecer por muchísimas razones: una rinitis, sinusitis, pólipos, una infección viral, un traumatismo, determinados medicamentos...
Por tanto, el olfato nunca debe interpretarse de forma aislada.
Lo interesante —y esto es lo que quiero explicarte hoy— es que cuando la pérdida olfatoria es progresiva, persistente y no encontramos una causa que la explique, puede convertirse en una pequeña pieza más del puzle clínico.
Y ahí es donde la investigación de los últimos años se está poniendo realmente interesante.
¿Qué tienen que ver el olfato y la memoria?
Muchísimo.
Y quienes trabajamos con Aromaterapia lo comprobamos continuamente.
Un aroma puede llevarte en segundos a una persona, un lugar o un momento de tu vida que quizá hacía años que no recordabas.
No es casualidad.
El sistema olfatorio mantiene una relación especialmente estrecha con estructuras cerebrales implicadas en la memoria, el aprendizaje y las emociones, entre ellas:
- el bulbo olfatorio,
- la corteza piriforme,
- la corteza entorrinal,
- el hipocampo,
- la amígdala,
- y la corteza orbitofrontal.
Y aquí aparece una de las claves.
Algunas de estas regiones también se encuentran entre las que pueden alterarse precozmente en determinadas enfermedades neurodegenerativas.
En la enfermedad de Alzheimer, por ejemplo, la corteza entorrinal y el hipocampo pueden presentar cambios desde fases tempranas.
En el Parkinson y en las enfermedades relacionadas con cuerpos de Lewy también pueden afectarse precozmente estructuras vinculadas al procesamiento olfatorio.
Por eso, en algunas personas, la dificultad para reconocer determinados olores puede aparecer años antes de que sean evidentes otros síntomas cognitivos o motores.
Pero ¿la pérdida de olfato puede provocar deterioro cognitivo?
Esta es una diferencia fundamental.
Asociación no significa causalidad.
Sabemos que existe relación entre ambas cosas, pero actualmente no podemos afirmar que perder el olfato provoque una demencia.
Una de las explicaciones más plausibles es justamente la contraria:
el deterioro del olfato podría ser, en algunos casos, una manifestación precoz de un proceso que ya está afectando determinadas estructuras cerebrales.
Es decir:
la anosmia no estaría causando la enfermedad; podría estar avisándonos de que algo está ocurriendo.
También se investigan mecanismos biológicos compartidos relacionados con beta-amiloide, tau, alfa-sinucleína, neuroinflamación y degeneración neuronal.
Y existe una tercera cuestión que me parece especialmente interesante.
Cuando perdemos el olfato también perdemos una enorme fuente de estimulación.
Disminuye el placer al comer, podemos reducir la variedad de nuestra alimentación, evocamos menos recuerdos asociados a aromas y perdemos parte de nuestra interacción sensorial con el entorno.
¿Puede esa menor estimulación influir también en nuestro cerebro?
Es una hipótesis interesante, pero todavía no tenemos evidencia suficiente para afirmar que la privación olfatoria por sí sola provoque neurodegeneración.
¿Qué nos dicen los estudios?
Los datos son suficientemente interesantes como para prestarles atención.
Un metaanálisis longitudinal publicado en 2025 reunió 48 estudios y 37.783 participantes.
Las personas con deterioro olfatorio presentaron aproximadamente el doble de riesgo de desarrollar posteriormente deterioro cognitivo que aquellas con una función olfatoria normal.
Además, cuanto mayor era el deterioro olfatorio, mayor era la asociación con el riesgo.
Pero quiero insistir en algo:
esto no permite predecir qué va a ocurrirle a una persona concreta.
No significa que alguien con anosmia tenga el doble de probabilidades individuales de desarrollar Alzheimer.
Nos habla de asociaciones observadas en grandes grupos de población.
Y esa diferencia, cuando comunicamos ciencia, es importantísima.
No todas las pérdidas de olfato son iguales
Esta probablemente sea una de las partes más importantes de este artículo.
No podemos meter todas las anosmias en el mismo saco.
Cuando existe una causa nasal o inflamatoria
Una persona con rinitis, sinusitis, pólipos o inflamación nasal puede perder parcial o completamente el olfato porque las moléculas aromáticas simplemente no alcanzan correctamente el epitelio olfatorio.
En estos casos es frecuente que el olfato:
- empeore cuando existe congestión;
- fluctúe;
- aparezca y desaparezca;
- mejore al reducirse la inflamación.
Este patrón no es el mismo que encontramos habitualmente en una alteración olfatoria relacionada con un proceso neurodegenerativo.
Y esto es especialmente importante en personas jóvenes.
Una anosmia intermitente que aparece y desaparece durante años nos hará pensar antes en una causa ORL, inflamatoria, alérgica o postinfecciosa que en una enfermedad neurodegenerativa.
¿Y cuándo prestamos más atención?
Cuando la pérdida:
- aparece progresivamente;
- permanece en el tiempo;
- no existe congestión ni una causa ORL clara;
- afecta especialmente al reconocimiento de los olores;
- aparece a partir de la mediana edad;
- o se acompaña de cambios de memoria, conducta, sueño o movimiento.
Entonces sí merece una valoración más amplia.
Percibir un olor no es lo mismo que reconocerlo
Este punto me parece fascinante.
Cuando hablamos de olfato solemos pensar simplemente:
“Huelo o no huelo”.
Pero nuestro sistema olfatorio hace mucho más.
Podemos evaluar el umbral olfatorio, es decir, qué cantidad de una sustancia necesitamos para empezar a percibirla.
Podemos estudiar la discriminación, nuestra capacidad para diferenciar un olor de otro.
Y podemos valorar la identificación:
“Sé que estoy oliendo algo... pero ¿qué es?”
Para identificar correctamente un olor nuestro cerebro necesita integrar percepción, memoria, lenguaje, atención y conocimiento semántico.
Y precisamente la identificación olfatoria parece tener una relación especialmente interesante con el deterioro cognitivo.
Una persona puede ser capaz de percibir perfectamente que algo huele y, sin embargo, tener dificultades para reconocer que aquello que está oliendo es limón, café, rosa o clavo.
Por eso, cuando queremos valorar clínicamente el olfato, no basta siempre con preguntar:
“¿Usted huele bien?”
Existen pruebas validadas como UPSIT, Sniffin' Sticks o B-SIT que permiten objetivarlo.
Olfato y Alzheimer
La disfunción olfatoria aparece con frecuencia tanto en personas con deterioro cognitivo leve como en enfermedad de Alzheimer.
Y parece existir cierta progresión:
función cognitiva normal → quejas cognitivas subjetivas → deterioro cognitivo leve → Alzheimer.
A medida que aumenta el deterioro cognitivo, también puede empeorar la capacidad para identificar olores.
Además, hay algo clínicamente curioso:
algunas personas no son plenamente conscientes de que han perdido capacidad olfatoria.
Por eso las pruebas objetivas pueden aportar información que la propia percepción de la persona no siempre detecta.
¿Y en el Parkinson?
Aquí la relación es todavía más conocida.
La pérdida de olfato es uno de los síntomas no motores más frecuentes de la enfermedad de Parkinson y puede aparecer años antes que el temblor, la rigidez o la lentitud de movimientos.
También es frecuente en enfermedades relacionadas con cuerpos de Lewy.
Pero, de nuevo, una anosmia aislada no diagnostica Parkinson ni demencia con cuerpos de Lewy.
Su significado clínico aumenta cuando aparecen otros signos: trastornos del sueño REM, rigidez, lentitud, fluctuaciones cognitivas, alucinaciones visuales o alteraciones autonómicas, entre otros.
Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿podemos entrenar el olfato?
Esta es probablemente la parte que más me interesa desde la Aromaterapia.
El entrenamiento olfativo consiste en exponer de manera repetida y consciente el sistema olfatorio a diferentes olores.
No consiste simplemente en acercarse un aceite esencial a la nariz y olerlo de vez en cuando.
Existe un protocolo.
Se trabaja con diferentes familias aromáticas, se realizan exposiciones repetidas y se mantiene el entrenamiento durante semanas o meses.
Algunos estudios han encontrado mejoras en la discriminación olfatoria y cambios en determinadas regiones y redes cerebrales después de programas de entrenamiento.
También existen investigaciones preliminares en personas con deterioro cognitivo leve que han observado resultados interesantes en determinados dominios cognitivos.
Pero la evidencia todavía es heterogénea.
Hay estudios positivos.
Otros no encuentran diferencias significativas.
Las muestras suelen ser pequeñas y los protocolos utilizados son muy diferentes.
Por tanto, todavía no podemos afirmar que entrenar el olfato prevenga el Alzheimer ni que frene una enfermedad neurodegenerativa.
Y sería irresponsable comunicarlo de esa manera.
¿Podemos utilizar aceites esenciales?
Sí.
Los aceites esenciales pueden ser excelentes estímulos aromáticos dentro de un programa de entrenamiento olfativo.
De hecho, los protocolos han utilizado aromas como rosa, limón, eucalipto, clavo, lavanda y otros.
Pero aquí también quiero hacer una diferenciación muy importante desde la Aromaterapia clínica.
Si utilizamos aceite esencial de limón en un entrenamiento olfativo y posteriormente observamos una mejoría, no podemos concluir automáticamente que las moléculas del aceite esencial hayan producido farmacológicamente esa mejoría cerebral.
El propio entrenamiento implica:
- exposición sensorial repetida;
- atención;
- discriminación;
- identificación;
- aprendizaje;
- evocación de recuerdos.
Por tanto, una parte importante del efecto puede proceder del propio ejercicio olfativo.
Actualmente tampoco tenemos evidencia suficiente para afirmar que un determinado aceite esencial pueda eliminar beta-amiloide del cerebro humano, regenerar el hipocampo, detener una neurodegeneración o prevenir una demencia.
Y creo que decirlo claramente no resta valor a la Aromaterapia.
Al contrario.
Nos permite investigar y utilizar los aceites esenciales desde el lugar que siempre defiendo: conocimiento, criterio y seguridad.
Entonces, si he perdido el olfato, ¿debo preocuparme?
No necesariamente.
Lo primero es preguntarnos:
- ¿Por qué he perdido el olfato?
- ¿Existe congestión?
- ¿Rinitis?
- ¿Alergia?
- ¿Una infección reciente?
- ¿Un traumatismo?
- ¿Algún medicamento relacionado?
- ¿La pérdida apareció bruscamente o progresivamente?
- ¿Es constante o hay momentos en los que recupero el olfato?
- ¿Percibo los olores pero tengo dificultades para identificarlos?
- Estas preguntas cambian completamente la interpretación clínica.
Una pérdida persistente, progresiva y sin explicación merece ser estudiada, especialmente cuando aparece en una persona de mediana edad o mayor y se acompaña de cambios cognitivos, motores o conductuales.
En esos casos, la valoración ORL, las pruebas olfatorias objetivas y, cuando esté indicado, una evaluación neurológica o cognitiva pueden ayudarnos a comprender qué está ocurriendo.
El olfato puede contarnos mucho más de lo que imaginamos
Después de tantos años trabajando con aceites esenciales, el olfato continúa pareciéndome uno de nuestros sentidos más fascinantes.
Nos conecta con recuerdos.
Con emociones.
Con personas.
Con experiencias que creíamos olvidadas.
Pero la investigación está mostrando que también puede ofrecernos información sobre determinados procesos cerebrales.
Todavía queda muchísimo por descubrir.
Y precisamente por eso debemos evitar los dos extremos:
ni alarmarnos porque una persona haya perdido el olfato, ni banalizar una pérdida persistente y sin explicación.
La Aromaterapia y el entrenamiento olfativo abren un campo de investigación apasionante, especialmente cuando hablamos de estimulación sensorial y cerebral.
Pero debemos recorrerlo con prudencia.
Porque cuanto más conocemos sobre los aceites esenciales y sobre nuestro sistema olfatorio, más evidente resulta algo que repito constantemente en mis formaciones:
no necesitamos atribuirles propiedades que todavía no han demostrado para reconocer todo el potencial que realmente tienen.
Un abrazo aromático
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